Salva y yo
Salva, tiempo después, captado por el ojo psicodélico de Rulo
¿Que quién es Rulo?. Tú sigue leyendo que ya te enterarás. De momento vamos a lo que vamos. O sea, a Salva y yo.
Salva y yo tocábamos la guitarra en su casa por las tardes. No era complicado. Vivíamos en el mismo barrio y habíamos ido juntos al mismo colegio. A mi me habían comprado una guitarra, española por supuesto, a los trece añitos y él, que era hijo de un músico profesional que tocaba varios instrumentos, se había encargado de enseñarme los principales acordes. Era suficiente, dada nuestra notable afición. Juntos tocábamos y cantábamos y nos los pasábamos de fábula, mientras afuera, ese país triste y gris en el que vivíamos sin daranos todavía mucha cuenta, se diluía a golpe de nuestros berridos. Lo cierto es que no lo hacíamos tan mal y el padre de Salva, que dirigía el coro de la parroquia del barrio, nos reclutó muy diligentemente para que aportáramos nuestro encanto (y nuestras guitarras, lo que era más importante). Aunque no nos convencía mucho lo de la música sacra, fuimos porque había chicas y a esa edad las hormonas mandan.
Un poco después a mi me compraron mi primera guitarra eléctrica, una Hofner de caja, muy molona que enchufaba en un amplificador, ¡oh maravilla! que había en casa de Salva y que era de su padre claro, un trasto pequeño que sin embargo nos parecía lo más grande del mundo, y en mi casa la tocaba a pelo, pero como he dicho que era de caja, algo sonaba. Poco más o menos por aquel entonces a Salva le había comprado su padre su primera batería, casi de juguete, harto de que estropeara sillas y otros muebles atizándolos, con increíble sentido rítmico, eso si, con un par de viejas baquetas que no se sabía muy bien de donde habían salido.

